Bowling alone
#72
¡Hola! ¿Cómo estás?
En redes sociales nos relacionamos cada vez más con gente parecida a nosotros. Las famosas echo chambers (“cámaras de eco”, pero suena feo).
En la vida offline, cada vez socializamos menos (no me discutas, es dato).
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Bastante, parece. Te cuento.
Espero que te guste. Gracias por leer.
Las preguntas de hoy
¿Cómo afectan las echo chambers online al comportamiento en la vida real?
Cuándo aumentan las echo chambers en redes sociales, ¿vamos menos a comer afuera?
Seguimos con la temática de las redes sociales arruinándole la vida a la gente. Bah, no es que esté tan de acuerdo con ese statement, así, crudo, sin matices. Pero bueno, acá hay que generar clicks.
Las redes sociales tienen un montón de cosas buenas, pero las malas venden más. Y hay un montón de cosas malas con las redes sociales, muchas de ellas bastante estudiadas. Algo de evidencia, por ejemplo, nos dice que las redes sociales generan problemas de salud mental (acá hablamos de eso). También hay algo de efectos en rendimiento académico y aprendizaje (acá dijimos algo). Y la lista sigue.
Un atributo relevante de las redes sociales que está estudiado (pero en mi opinión aún no lo suficiente) es el tema de la homofilia: juntarte con gente parecida. Esas famosas echo chambers, que hacen que leas y te relaciones con gente demasiado similar a vos en dimensiones como tu nivel de ingreso, tu status social o tu preferencia política. Las echo chambers no son una cosa nueva ni única de las redes sociales, eh. Se da también en un montón de ámbitos de la vida offline. ¿Cuánta gente conocés que se casó o que tiene grupos de amigos muy diferentes en cuanto a, por ejemplo, su nivel de ingreso o su nivel educativo? Te hacés amigos en la universidad (en donde conocés gente que, tal como vos, va a la universidad), o de pares de tu oficina (que trabajan de lo mismo que vos) o compañeros de colegio que, bueno, van al mismo colegio que vos, con todo lo que eso implica en cuanto a la similitud de clase social, estilo de vida y riqueza de las respectivas familias.
O sea que sí, la homofilia existe desde que existen los humanos viviendo en sociedad (y hasta los filósofos clásicos griegos tenían algo para decir al respecto). Pero la homofilia en redes sociales tiene su encanto especial. Por empezar, pasamos demasiado tiempo online. Tus relaciones ya no son solamente con gente que ves cara a cara, también son con gente a distancia e incluso con gente que nunca viste ni nunca en tu vida vas a ver.
Para seguir, la homofilia en redes sociales no es un resultado completamente explicado por el comportamiento y la decisión individual (alguien me podría decir que la homofilia offline tampoco, ok, pero en menor medida). Me refiero a los algoritmos.
Para seguir siguiendo, la homofilia en redes sociales permite algo que para mí es bastante novedoso: la hiper-fragmentación de los públicos que permiten que los mensajes lleguen de forma demasiado customizada. Es muy fácil, ahora más que nunca, que no tengas ni la menor idea de lo que le pasa o al tipo de información a la que está expuesta una persona ligeramente diferente a vos. Y claro, de repente viene algún sub-25 y me pregunta si conozco a J Max Roberto, nombre totalmente ajeno a cualquier sonido que haya escuchado en mi vida, y resulta que entrás en el Instagram de J Max Roberto y tiene 823 millones de seguidores: 10% del mundo lo sigue en Instagram y yo en mi vida escuché hablar de él. Todo hiper-fragmentado.
Las echo chambers online pueden ser peligrosas por varios motivos. El paper de hoy, de un dream team de political economists (Ruben Enikolopov, Maria Petrova, Gianluca Russo y el gran David Yanagizawa-Drott) se enfoca en uno que a mí me parece particularmente relevante. Pero pará.
Acá ya hablamos del título de este envío alguna vez, ¿no? Recordame. Robert Putnam, gran sociólogo americano, escribió en el año 2000 un libro fundacional para mucha gente (aunque me da la impresión que más para los que no son sociólogos). El libro se llama Bowling Alone. Jugar al bowling, actividad lúdica estereotípicamente americana. Homero Simpson, clasemediero de los 80’s/90’s (de la época en que un tipo que apenas terminó la escuela secundaria podía mantener sin problemas una familia de cinco personas con auto, perro y gato), cuya socialización fuera de la familia se daba en dos lugares: el bar y la cancha de bowling. Tenía un equipo entre amigos: los pin pals, jugaba contra otros equipos en ligas locales. Nada profesional, obvio, todo muy comunitario.
Lo de “Bowling alone” no es literal, obviamente. La gente no va a jugar al bowling sola (creo). El punto de Putnam es que “jugar al bowling” como actividad aumentó un poco, y al mismo tiempo cayó una barbaridad el juego en equipos (como los pin pals), esa actividad que aparte de ser deportiva genera lazos. Como los que tenía Homero.
La metáfora sirve para ilustrar un punto más grande. Putnam dice que hubo una caída tendencial (y esto arranca pre Internet, eh) en la socialización cara a cara en comunidad. Menos ligas y clubes, menos reuniones de barrio, menos asociaciones, menos voluntariado. Cada vez jugar más al bowling “solos”. Llegó Interné y la cosa no mejoró. En 2004 (pre Facebook, o sea digamos), los americanos pasaban 1 hora por día socializando con amigos. En 2019, 34 minutos. Hoy, post-pandemia, ni quiero imaginarme. No solamente usamos con menor frecuencia los ámbitos de socialización en comunidad que antiguamente eran parte de la rutina, sino que cada vez más pasamos tiempo solos. Bueno, me corrijo: menos tiempo solos offline.
La hipótesis de Yanagizawa y amigos es que, entre tantos culpables de esta ola de soledad post-Internet, hay uno que parece tener su relevancia y es la explosión de la homofilia, o sea de las echo chambers en redes sociales. Tiene sentido, ¿no? Las redes sociales le bajaron brutalmente el costo a que “socialices” con gente lo más parecida a vos posible (que es el tipo de gente con quien te gusta socializar). Antes te juntabas con gente más o menos parecida en los ámbitos que frecuentabas, pero con los límites que te da la infraestructura offline. Qué sé yo, la gente de tu club es más o menos parecida entre sí, pero con cierta heterogeneidad. En tu red social de preferencia podés armarte una echo chamber a medida y si no te la armás solo el algoritmo te va a ayudar. Armarte esa echo chamber perfecto va a ser atractivo, te va a gustar (e incluso tal vez te va a divertir y hacer feliz), pero el tiempo es finito y todo ese tiempo que uses online significa menos tiempo que vas a tener disponible offline. O sea que sí, tranquilamente la homofilia online, la explosión de las echo chambers podría explicar una menor socialización offline.
La hipótesis ‘ta buena y tiene un montón de sentido, pero hay que probarla. Y no es fácil, eh. Por empezar, medir “echo chambers” no es tan sencillo, por lo menos si uno quiere medirlo a escala; y ni te cuento “socialización offline”. Casi que ni sé cómo definirlo, menos obvio es como medirlo. Pero bueno, suponete que esas barreras no existen y que tenés una excelente medida de echo chambers en la red social que te guste y otra espectacular medida de socialización offline para cada uno de los municipios de, digamos, Estados Unidos. Y los correlacionás y encontrás que, efectivamente, en municipios en los cuales hay mayor echo-chamberismo en, pongamos Facebook (para los oldies), la gente socializa menos offline: va menos al restaurant con amigos, o al club, o a la iglesia. ¿Sabés la cantidad de cosas que pueden explicar esa correlación aún sin un ápice de causalidad? Seguro se te ocurren mil: los municipios con más homofilia online son fundamentalmente diferentes que el resto, en dimensiones que por sí solas podrían explicar la falta de socialización offline, aún si no existieran las redes sociales.
¿Qué nos gustaría hacer para dar una respuesta causal que vaya desde echo-chamberismo online a pérdida de socialización offline? Di lo tuyo Bart: un experimento! Agarramos miles de municipios gringos y los sometemos a un tratamiento de echo-chamberización de sus redes sociales (les seguimos gente parecida, por ejemplo en su red social de preferencia); agarramos otros tantos miles y no los sometemos a nuestro tratamiento y después venimos unos años después y vemos si hay diferencias en sus patrones de socialización fuera del telefonito.
No podemos.
David y amigos aprovechan un experimento natural, una cosa que no pensó ni diseñó ningún investigador pero que resulta que terminó generando algo bastante parecido al experimento ideal. Prestá atención que no es fácil pero una vez que lo entendés es una maravilla.
Parece que entre 2010 y 2012, Facebook y Google tuvieron un par de conflictos. Antes de 2010 (a ver si se acuerdan los añosos), vos te armabas la cuenta de Facebook, la conectabas con tu Gmail e importabas todos tus contactos, que ahora también serían amigos de Facebook. Buenísimo, pero a Google no le gustaba nada esto. En noviembre de 2010 se cansaron y prohibieron la importación de contactos de Gmail a Facebook para los usuarios nuevos. Importante: si tenías otras cuentas de mail podías seguir importando (Hotmail, Yahoo) hasta abril de 2012. Ahí Facebook cambió a lo que es ahora y en vez de dejarte importar contactos, simplemente usa un algoritmo para sugerirte lo que piensa que te va a gustar.
Este contexto nos va a servir para armar un indicador a nivel municipio que vamos a llamar Shock de homofilia (en Facebook) y que es algo no-tan-diferente de lo que nos hubiera gustado hacer en el experimento: aumentarle (aleatoriamente) la homofilia (el echochamberismo, en este caso en Facebook) a la gente que vive en ciertos municipios y no en otros. Para no meterme en detalles que lo harían bastante complejo (y tomándome algunas licencias para simplificar la cosa), déjame tirarte la intuición de qué es un Shock de homofilia.
En 2009, el costo de formar una conexión a través de importar un contacto desde tu email era bajo, independientemente de qué email usaban vos o tus contactos. Usaras el correo que usaras, ibas a poder apretar un botón e importar conexiones. Y si un contacto no tenía Facebook y se abría una cuenta más adelante, lo mismo le iba a pasar: un click e importaba a todos, independientemente de qué correo usara.
Entre 2010 y 2012 la cosa cambió. Para vos, el costo de formar una conexión de Facebook seguía siendo igual de bajo siempre que tanto vos como tus contactos usaran Hotmail o Yahoo. Y pasó a ser mucho más costoso si vos y tus contactos usaban Gmail: ni vos ibas a poder importar tan fácilmente a tu contacto, ni tu contacto a vos.
Con lo cual, post-2010, el costo de agregar contactos en Facebook terminó siendo (RELATIVAMENTE más) alto solamente para cierta gente: aquellos que usaban Gmail y que tenían contactos que también usaban Gmail. Para el resto, la cosa no cambió tanto (alguno de los dos iba a poder importar automáticamente al otro), lo cual es equivalente a decir que RELATIVAMENTE les resultó más fácil/menos costoso que a los Gmail-Gmail.
Fijate una cosa: tenés gente para la cual el shock pegó sobre todo en vínculos con “gente parecida” (mismo ingreso, misma preferencia política, misma raza), y gente para la cual pegó sobre todo en vínculos con “gente no tan parecida”, todo dependiendo del correo que usabas vos, que usaban tus contactos de gente “parecida” a vos y que usaban tus contactos de gente “no tan parecida” a vos.
Si en 2010 resulta que vos y tus contactos “parecidos” usaban gmail, el costo de la homofilia en términos relativos aumentó: ya no era automático agregar contactos de Facebook de gente “parecida”. Si resulta que, en cambio, vos y tus contactos “no tan parecidos” usaban gmail, el costo de la homofilia en términos relativos, bajó: ya no era tan automático agregar contactos de gente “no tan parecida”.
O sea: hubo un mismo shock a nivel nacional (ya no se puede importar contactos de Gmail pero sí de Yahoo o Hotmail y eso es cierto para todo el mundo), pero que afecta de forma diferente a cada persona, según el patrón de co-uso de Gmail entre tal persona y sus contactos “parecidos” y “no parecidos”. A algunos les aumenta el costo y a otros les queda igual (lo cual es equivalente a decir que, en términos relativos, incluso les bajó). Y todo eso depende de una decisión que tomaste vos y los contactos que tenés andá a saber hace cuánto tiempo sobre qué correo usar.
¿Qué hace el paper con todo esto? Básicamente compara municipios donde, por el mail que usaba la gente en promedio en ese municipio, el shock de 2010-2012 complicó más (los municipios más amarillitos del mapa de abajo) o menos (los más violetitas) conectar fácil con “gente parecida” en Facebook. Y mirá el efecto de este shock homofílico en varios resultados. Vamos.
1) En los municipios en donde pegó más el shock de homofilia en el período 2010-12 (shock que, en principio, es bastante aleatorio), hay un nivel de echo chamber de Facebook mucho mayor que en el resto varios años después. ¿Qué significa que haya un nivel de echo chamber mayor? Va un ejemplo con más licencias simplificadoras.
Agarrá las conexiones a Facebook que tiene Juancito, habitante de Jefferson County en Alabama. Andá una por una y mirá los atributos que tienen esas conexiones (edad, raza, preferencia política, ingresos). Fijate qué tan diferentes son esos atributos de los del propio Juancito. Cuanto más diferentes sean sus contactos (en comparación con Juancito), vamos a decir que tiene un nivel más bajo de echo chamber. Ahora agarrá a todos los habitantes de Jefferson County en Alabama, hacé lo mismo que hiciste con Juancito y promedia el nivel de echo chamber de todo el municipio. Hacé eso con todos los municipios del país. Listo, tenés una métrica promedio de echo-chamberismo en Facebook a nivel municipio.
¿Qué nos dice este resultado? Que el shock homofílico “funcionó”: el año y pico que duró el cambio de reglas logró un cambio importante en el nivel de echochamberismo de los municipios que lo sufrieron más en comparación con los que lo sufrieron menos.
2) En los municipios en donde el shock de homofilia fue mayor, la gente terminó aumentando su frecuencia de uso de Facebook, incluso varios años después. Lo cual tiene mucho sentido. Lo dicho: las redes sociales te bajan el costo de búsqueda de gente lo más parecida posible. Si te gusta mucho juntarte (online) con gente muy parecida, entonces cuanto menos costosa sea relativamente esa búsqueda (cuanto más grande sea el shock de homofilia), más vas a usar Facebook, porque más se parece a la experiencia que querés tener.
3) Un resultado nada obvio: el shock de homofilia en Facebook causó un aumento en el tiempo de uso total de redes sociales. ¿Por qué digo que no es obvio? Porque tranquilamente podrías reemplazar tiempo de uso de otras redes sociales por tiempo de uso específico en Facebook.
Y de hecho un poco de eso hubo: se redujo el uso del resto de las redes sociales. El tiempo total en redes sociales creció porque lo que aumentó el uso de Facebook es mayor que lo que cayó el uso de otras plataformas. Lo cual es aún más interesante: cuando cambia el costo relativo de armarte tu propia echo chamber en la red social Z, vas a usar más Z, a costa incluso de tiempo de uso en otras redes.
Y ahora sí, la cereza del pastel. Lo que estabas esperando, la salsa criolla del chori que llegó a mejorar tu experiencia de alimentación, que ya era buena de todos modos. Si usás más redes sociales, usás menos tiempo en otras cosas, lógico. Pero ese menos tiempo puede significar mil cosas: podrías reducir el tiempo que pasas estudiando, o trabajando o haciendo ejercicio. O (y) también podrías reducir el tiempo que usás para socializar (juntarte con otros, digamos) en vivo, cara a cara.
4) En los municipios en donde el shock de homofilia fue mayor, la gente bajó la frecuencia de socialización offline.
Antes de ir al detalle: complicado medir esto, ¿no? Y encima para todo Estados Unidos. Resulta que hay una empresa que se llama SafeGraph que trackea la movilidad de la gente en función de los movimientos del teléfono. Esta data se puede mapear con establecimientos y con eso podés armarte una métrica de visitas por “tipo” de lugar. Ejemplo: visitas a establecimientos clasificados como bares.
Parece que los habitantes de los municipios de mayor exposición al shock terminan yendo, incluso varios años después, menos frecuentemente a restaurantes y bares, a parques, a eventos deportivos (a la cancha a ver al bicho). Interesante también que algunos tipos de establecimientos no cambiaron su frecuencia de visitas o incluso aumentaron. Típicamente, establecimientos de socialización más limitada: la gente va más a gimnasios o a jugar al golf, actividades de potencial de socialización más bajo y menos a los lugares en donde uno se junta a ver gente.
Voy cerrando. Pero, por si te preguntabas: la respuesta es no. El shock homofílico cambió muchos comportamientos, pero la cantidad de visitas a canchas de bowling no cambió. Aunque eso no te dice nada, ¿no? En una de esas lo que cambió es la cantidad de jugadores.
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