¡Hola! ¿Cómo estás?
Soja, carne, minerales, petróleo. ¿Sirve para algo producir bienes primarios? ¿Existe el famoso derrame a otros sectores de la economía?
Si te lo contesto yo, no me vas a creer.
Por eso me traje un invitado de lujo. El envío de hoy lo firma el gran Ciccio Amodio.
Espero que te guste. Gracias por leer.
Las preguntas de hoy
¿Qué pasa con el resto de los sectores cuando hay un boom exportador de bienes primarios?
¿Existe el famoso efecto derrame?
(Va mi intro, antes de pasarle la palabra al invitado)
Cuatro vacas por persona (máomé). Eso tiene Uruguay. Datazo. Es mucho cuatro vacas per cápita. Para poner en perspectiva: Australia gracias que pasa el canguro por pera (y sí, Australia exporta carne y cuero de canguro).
El día de hoy terminamos con una tremenda injusticia: es la primera vez que en este espacio escribimos sobre Uruguay. Mala mía, porque van casi cuatro años y recién ahora le dedico el espacio que se merece a ese pequeño gran país que nos dio tanto: el negro Rada, los hermanos Fatorusso, Álvaro Pereira, Néstor Gabriel Cedrés, Tiranos Temblad, Conaprole y el sánguche de carne chivito canadiense.
Me cae bien Uruguay. Bah, a los argentinos, creo, suelen caernos bien los yoruguas. Y aunque a veces se resistan a admitirlo, los uruguayos algo también nos quieren. Como una vez me dijo una amiga montevideana: “los argentinos nos caen mal en general, pero bien en particular”. Con eso me alcanza.
Y encima que tardé todo este tiempo en dedicarle un envío a Uruguay, ni siquiera soy yo el que lo firma. No porque no quiera, eh. Me encantaría haber escrito el paper de hoy, pero no es el caso. Lo escribió alguien mucho mejor: mi amigo y colega, el gran Francesco Ciccio Amodio. Y ya que lo tengo a mano, mejor pedirle a él que escriba el post, ¿no?
Para hacerlo sonrojar un poco: Ciccio es un tremendo economista italiano (pugliese desde antes de que la Puglia sea cool), que se dedica a investigar sobre desarrollo económico. Pero desarrollo en serio.
A muchos de los que estudiamos desarrollo, cuando nos preguntan por qué algunos países son más ricos que otros nos da ansiedad. No porque no nos interese. Más bien porque es una pregunta difícil de responder y preferimos contarte, en todo caso, cómo el programa X en no sé qué ciudad mejoró la nutrición y aumentó en enrolment escolar.
Igual, ojo, que tampoco es que los que intentar responder esa pregunta tan grande lo hacen necesariamente súper bien. Porque del megapaper ambicioso que te da una respuesta certera a la pregunta de por qué tal país crece mucho o poco basada en un modelo de juguete y tres correlaciones espurias tampoco es que aprendemos una barbaridad, eh.
En el medio entre los miedosos como yo (que nos conformamos con responder algo chiquito pero rigurosamente) y los grandilocuentes que se le animan a las preguntas gigantes aun cuando las respuestas no los conforman ni a ellos, están los Ciccio de este mundo. Los que no le esquivan a las grandes preguntas del desarrollo, pero no se resignan a las respuestas imprecisas. Los que de alguna manera logran contestar algo grande sin perder rigurosidad en el intento.
Vacas, Uruguay, desarrollo. ¿Qué más le podés pedir a la vida?
Dibuje, maestro.
Washington Pérez tiene una empresa de software en Montevideo. El tipo se crió jugando al counter strike en el cyber de la 18 de Julio y Pablo di María. Hoy tiene 45 y se dedica a desarrollar software para monitorear y optimizar la producción en fábricas.
Washington de carne no entiende mucho. Tampoco sabe mucho de China. Aunque hace poco aprendió que en China están comprando carne uruguaya. Mucha carne uruguaya. Se enteró porque le contó un cliente. Parece que el Frigorífico Vaca Feliz, que le compra software hace años, empezó a crecer fuerte. Él sabe porque le pidieron más software y más sofisticados. Washington tuvo que salir a contratar más y mejor gente. Y, claro, para atraer a los mejores, tuvo que empezar a pagar mejores salarios. Y no solamente tuvo que traer más gente: también tuvo que comprar más y mejores equipos, servidores nuevos, de todo. Y, claro, con tanta gente y máquina nueva dando vueltas, también tuvo que contratar una empresa de limpieza que le provea servicio full time. Washington Pérez no tiene nada que ver con las vacas ni con China. O al menos eso pensaba.
¿Cuántos Washington Pérez hay en Uruguay? Con Giorgio Chiovelli y Serafín Frache nos dedicamos a rastrear este tipo de conexiones comerciales en toda la economía uruguaya. Resulta que la historia de Washington Pérez no es es tan especial. Uruguay tuvo un boom de exportaciones de carne a China y, así como le pasó a Washington, muchísimas empresas empezaron a crecer, aun cuando no tenían (o pensaban que no tenían) nada que ver con los chinos ni con la carne.
Muy lindo el cuento, ¿no? Pero para entender por qué todo esto importa, primero hay que meterse en una discusión tan vieja como el desarrollo económico.
¿Qué debería producir un país para desarrollarse? ¿Para qué sirve producir ‘materia prima’?
Hace casi un siglo, el economista canadiense Harold Innis se puso a estudiar cómo las exportaciones de recursos naturales habían moldeado el desarrollo de su país. No sé si Innis te sonará, pero si estudiaste economía, seguro te acordarás de otro economista que llegó unas décadas más tarde para darle más forma a las ideas de Innis. El famoso Albert Hirschman (quien ya fue mencionado en este espacio), que empezó a insistir enfáticamente con el potencial de los famosos encadenamientos productivos como motor del desarrollo. La idea es simple: cuando una actividad crece, puede hacer crecer a otras porque necesita comprarles cosas (por ejemplo, producís soja, comprás servicios de transporte) o porque les permite producir algo nuevo (por ejemplo, producís algodón y favorecés el desarrollo de la industria textil).
Así las cosas, el desarrollo puede tranquilamente empezar alrededor de lo que sale de la tierra.
La mirada más pesimista del desarrollo a través de la exportación primaria tiene viejos argumentos muy conocidos. El más obvio, tal vez: los precios internacionales pueden desplomarse y, si así fuera, concentrar la economía en unos pocos recursos y materias primas puede ser una mala idea. Además, claro, siempre está el potencial de complicarle la vida a otras actividades: la famosa dutch disease nos dice que si un boom exportador de materias primas aprecia la moneda, a otros productores locales les cuesta más competir con el exterior, y lo que hoy parece una ventaja puede terminar convirtiéndose en una dependencia difícil de abandonar.
Los pesimistas nos dicen que entonces es mejor buscar activamente desarrollar otras industrias, como la manufacturera. Una estrategia que tal vez en el pasado tenía argumentos más sólidos, porque hoy generar empleos bien remunerados en industrias manufactureras es bastante más difícil. La automatización y robotización en fábricas hace que, ahora más que nunca, puedan producir mucho sin contratar a tanta gente. Y, para peor, competir para vender manufacturas al mundo es cada vez más complicado. Mirá el celular que tenés en la mano y desde el cual estás leyendo esto, o los zapatos que llevás puestos: ¿dónde te pensás que se fabricaron la mayoría de las partes?
China se convirtió en una potencia industrial que aparece en todos lados. Tanto así, que achicó el espacio para que otras regiones, como América Latina, desarrollen manufacturas para las cuales antes eran, tal vez, algo más competitivas. Pero no solo eso: al mismo tiempo, los chinos empezaron a demandar muchos más recursos naturales y materias primas. Minerales para alimentar su producción industrial, pero también productos agropecuarios para abastecer a una población enorme cuyos ingresos crecieron como nunca antes.
Cada vez menos espacio para manufacturas y cada vez más para materias primas. ¿Será que América Latina está ‘condenada’ a desarrollarse exportando agro, energía y minería?
Volvamos a la carne.
Un frigorífico necesita ganado, por supuesto. También necesita transportar la carne, organizar los envíos, mantener equipos, hacer trámites y gestionar información. Algunas de esas tareas las hace con sus propios empleados. Otras, hoy más que nunca, se las compra a otras empresas nacionales.
Saber cuánto producto agropecuario exporta un país es fácil, lo que todavía no sabemos bien es cuántas otras actividades participan de forma indirecta de esa exportación. Uruguay (y sus vacas) nos dio una gran oportunidad para entender un poco más de todo esto.
Hay números que se te quedan grabados. Uruguay: tres millones y medio de personas y más de doce millones de vacas. Cada año le exporta al mundo unos 2.500 millones de dólares que salen de esas vacas.
Del otro lado hay muchos comensales y de todo tipo. Pero cada vez más los comensales son chinos. En 2006 China compraba menos del 1% de las exportaciones uruguayas de carne vacuna. 15 años después, alrededor del 60% del total. ¿El frigorífico Vaca Feliz? Más feliz todavía.
Que los exportadores pudieran beneficiarse no sorprende demasiado. Que los frigoríficos estén descorchando, tampoco. Lo interesante empieza cuando salimos del microclima cárnico. ¿Qué pasa con el resto de la economía cuando al frigorífico le va bien? ¿Existe se famoso derrame al resto de la economía? Si existe, ¿cómo lo medimos?
Para responder estas preguntas se necesitan datos. Muchos datos: registros de aduanas, información tributaria sobre compras y ventas entre empresas, balances, datos de empleo, salarios. Por si querés hacer esto en casa: la clave de la data está específicamente en los registros tributarios del IVA: las empresas medianas y grandes deben informar electrónicamente sus operaciones e identificar a quién le compran y a quién le venden (incluso cuando la contraparte es una empresa pequeña).
Con los datos podemos construir un mapa. Concretamente, el gran mapa de relaciones comerciales entre empresas del país. Podemos ver exactamente quién le vende a cada frigorífico, cuánto depende de ese cliente y qué le pasa a cada firma conectada en ese gran mapa cuando el frigorífico expande sus ventas a China. Podemos seguir a los proveedores los frigoríficos, pero también a los proveedores de esos proveedores. Y a los proveedores de esos proveedores, también. Entre 2014 y 2019 (la data que conseguimos) podemos mapear cerca de 14 millones de relaciones distintas entre compradores y vendedores.
Los mapas son bárbaros, pero con mapas solamente no alcanza.
Dos transportistas y un problema
Acordate: queremos saber el impacto de que un frigorífico aumente sus exportaciones (por el shock chino) en la actividad económica de otras empresas. Supongamos que juntamos todos los datos, hacemos la cuenta y encontramos que las empresas que les vendían a los frigoríficos—ganaderas y de otros sectores—crecieron un montón durante esos años. ¿Podemos atribuírselo al shock de los chinos demandando productos primarios? Como leés este newsletter asiduamente, sabés que la respuesta un no rotundo. Por ejemplo, podría haber pasado algo bueno en toda la economía uruguaya que hizo que tanto los frigoríficos como otras industrias crezcan en tándem. O quizás los frigoríficos empezaron a elegir como proveedores a empresas que ya venían creciendo porque eran las más competitivas (digo, por algo venían creciendo).
Pensemos.
Imaginate que hay dos empresas de transporte: Logística Heber y Transportes Waldemar. En 2014, Heber una le vendía una parte importante de sus servicios a Frigorífico X; Waldemar, en cambio, le vendía más bien a Frigorífico Y. En 2015 hubo un gran shock de demanda de carne uruguaya por parte de China. Heber y Waldemar están en el mismo rubro, hacen lo mismo y al mismo tiempo, solo que X empezó a vender a China mucho más que Y, así que la varita mágica de China le pegó a los dos transportistas con diferentes intensidades, por tener de clientes frigoríficos distintos.
La medida que usamos para medir qué tanto le pegó el shock chino a cada empresa de la economía uruguaya combina esas dos piezas: cuánto dependía cada proveedor de cada frigorífico al comienzo (qué porcentaje de sus ventas le hacía a ese frigorífico) y cuánto terminó exportando después ese frigorífico a China (o sea, cuánto aumentaron sus ventas al mercado chino post-shock). Así, podemos identificar la evolución económica de cada proveedor ANTES y DESPUÉS de que haya pegado el shock chino, dependiendo de qué tan intensamente estaban conectados (ANTES) a frigoríficos que terminaron expandiéndose más.
Claro que, para que esta comparación sea válida, necesitamos que se cumpla un supuesto clave: que, si no hubiera existido el shock de demanda chino, los proveedores relativamente más expuestos (antes del shock) a frigoríficos que terminaron especializados en ventas a China habrían tenido evoluciones en sus ventas similares a los relativamente menos expuestos (antes del shock).
Claro que este supuesto no es directamente testeable, pero lo que al menos podemos hacer es mostrar que, ANTES del shock, la evolución entre empresas de exposición mayor o menor a frigoríficos (eventualmente) especializados en China era muy parecida (lo que nos dice que tal vez, si no hubiera habido tal shock chino, las tendencias hubieran seguido ese curso similar). Eso hacemos y no encontramos evidencia de esa ventaja previa. O sea: no es que las empresas proveedoras del tipo Heber ya venían creciendo más que las del tipo Waldemar antes del shock. En todo caso, la ventaja vino justo después de que cayó el shock chino. Veamos.
Fuera del cuarto frío
Justo después del shock chino (pero no antes), las empresas proveedoras más expuestas (tipo Heber) aumentaron sus ventas mucho más que las menos expuestas (tipo Waldemar). Esto vale para los proveedores agropecuarios, que representan la mayoría de los proveedores de los frigoríficos. Pero lo realmente interesante aparece cuando miramos el efecto en proveedores de servicios: el efecto sobre las ventas fue aún MAYOR que entre los proveedores agropecuarios. No solo vendieron más, también crearon más empleo y empezaron a pagar mejores salarios. Las ventas por trabajador (medida de productividad del empleo) también aumentaron.
Los proveedores de servicios más expuestos al shock, además, aumentaron sus importaciones (obviamente). Pero lo interesante es el tipo de importaciones que aumentaron más: productos relativamente caros (en comparación con otros del mismo tipo), como maquinaria, herramientas y materiales utilizados en tareas de transporte. O sea: el crecimiento no solamente les permitió ampliar sus operaciones, sino también incorporar insumos y equipos mucho más sofisticados.
Pero la cosa no termina ahí. Un proveedor (por ejemplo, un transportista) que consigue más trabajo también necesitar comprar más servicios e insumos. Efectivamente: encontramos efectos también entre los proveedores de los proveedores. O sea, el exportador exporta, el proveedor del exportador se expande y el proveedor del proveedor del exportador (que no exporta ni sabe lo que es aduana) también termina vendiendo más.
46 centavos más
¿Y para qué sirve estimar todo esto?, te preguntarás. Una vez que sabemos qué les pasó a cada uno de los eslabones de la cadena de empresas más y menos expuestas al boom de demanda de carne desde China, podemos intentar calcular el impacto económico en todo el sistema. O sea, el impacto económico total del boom de demanda chino.
¿Cómo sería un Uruguay contrafactual sin las exportaciones de carne a China?
Si los frigoríficos venden menos, necesitan comprar menos insumos y servicios. Sus proveedores, a su vez, compran menos a otras empresas. Seguimos iterando, ronda por ronda, y sumando estos efectos a través de toda la red de producción. Para hacerlo, suponemos que, si las ventas de una empresa caen (por ejemplo, porque los chinos le compran menos carne a un frigorífico), sus compras a cada proveedor disminuyen en la misma proporción. Y mantenemos sin cambios las demás fuentes de demanda final.
Para el período 2014-2019, la cuenta nos da que cada dólar de carne exportada a China sostuvo otros 46 centavos de ventas dentro de Uruguay a través de las conexiones entre empresas. De esos 46 centavos, unos 10 correspondieron a servicios. Sumando los efectos directos e indirectos, las ventas agregadas fueron un 1,79% superiores a las de un Uruguay contrafactual sin ese boom de exportaciones.
El gráfico de arriba te muestra cuánto aumentaron las ventas de las empresas proveedoras más expuestas al boom exportador chino (en comparación con empresas del mismo rubro, al mismo momento, pero menos conectadas con China), distinguiendo entre varios sectores, aparte del obvio (agricultura). Cada punto te muestra el efecto estimado sobre las ventas del sector en cuestión: positivo significa que en ese sector las empresas que PRE-shock estaban “conectadas” con frigoríficos que terminaron vendiéndole mucho a China POST-shock crecieron más que las que, dentro del mismo sector, estaban menos “conectadas”. El efecto derrame en un gráfico: efectos positivos en distintas actividades, particularmente en varios sectores de servicios, como transporte, comercio y servicios profesionales.
En el medio de todo esto, pasó lo que pasa siempre: algunas empresas abrieron, otras cerraron, algunas crecieron, otras se achicaron, otras se fusionaron. El mapa en sí mismo cambió: las relaciones comerciales entre firmas eran muy diferentes en 2014, pre-shock, que en 2019, varios años después. ¿Cómo habrá influido esa reorganización de las relaciones comerciales entre empresas en la propagación de los beneficios del boom exportador chino? Para responder, hacemos dos cuentas. Primero, calculamos cuánto se habrían propagado los beneficios del boom exportador si las relaciones comerciales entre empresas hubieran seguido exactamente las de 2014 (excluyendo a las empresas que después desaparecieron, claro). Luego comparamos ese resultado con los beneficios que se propagaron a través de la red que efectivamente existía cada año, con sus nuevos proveedores, clientes y empresas. La diferencia entre una y otra nos da que estos cambios en la red de proveedores permitieron amplificar los beneficios indirectos del boom exportador en algo así como un 7%.
¿Cuánto entra en un kilo de carne?
La experiencia uruguaya deja una pregunta útil (y Hirschmaniana) para la discusión sobre desarrollo: Cuando un país consigue vender más de un producto al mundo, ¿qué capacidades se construyen a su alrededor?
Claro que no todos los países son iguales ni todas las experiencias impactan a todos por igual. Importa mucho el punto de partida: la carne uruguaya es un ejemplo de un producto agropecuario inmerso en una cadena sofisticada: con estándares sanitarios exigentes, servicios especializados y un sistema obligatorio e informatizado de trazabilidad. Y todo esto es muy relevante cuando pensamos qué necesitarían otros países para que un boom exportador de bienes primarios, como el que tuvo Uruguay, beneficie tanto al resto de la economía. La experiencia nos dice que, además de conseguir clientes, sirve fortalecer las capacidades tecnológicas y sanitarias y desarrollar proveedores locales capaces de participar en esas cadenas.
En un kilo de carne también caben viajes en camión, horas de programación y el trabajo de muchas otras empresas. Cuando China compra más carne, parte de esa demanda llega a esas actividades y puede traducirse en más empleo, mejores equipos y salarios más altos. Seguir esas conexiones permite entender cuánto puede cambiar una economía a partir de lo que, visto desde la aduana, para ser nada más que un kilo de carne.
¿Viste qué locura de texto acabás de leer? Divertido, informativo, con buena data. ¿Sabés lo cool e inteligente que podés quedar con la/el chica/chico que te gusta si le tirás un par de líneas basadas en el envío de hoy? ¿Qué te parece si sacás la billetera, entrás acá (o ídem en tu librería amiga) y te comprás un ejemplar de #EstoTambiénEsEconomía, el libro definitivo, referencia de cómo vivir de cualquier persona de bien, y empezás a ganar en el boliche, en el bar y hasta en el ascensor?
Mientras vas a la librería, te dejo otras cosas que podés hacer para bancar este proyecto popular sin gastar ni un peso moneda de curso legal argentino.
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El paper de hoy lo encontrás acá.
Acá hay un paper que identifica ganadores y perdedores del shock Chino en Brasiu.
Acá el mismo Ciccio te cuenta qué sabemos hoy sobre desarrollo industrial.
Nada que ver, pero…
Acá muestran que (oh, sorpresa!), regalar nota en la universidad afecta (negativamente) a los alumnos beneficiados/perjudicados porque, claro, se terminan esforzando menos.


